lunes, 5 de febrero de 2018

Así comienza… El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes, de Han Ryner




Así comienza…
El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes

Han Ryner
978-84-92759-90-3
Biblioteca Golpe de dados

Libros del Innombrable
Novela
Rústica
20x 13,50 cm
208 págs
Castellano
Portada e ilustraciones de Antonio Bayona


Capítulo I
El siete de octubre de 1613. Son las ocho de la mañana. En Madrid, calle del León, casa pobre ostentando el número 9. En una sala que, si estuviese destinada a un solo uso, comedor o dormitorio, sonreiría de extensión. Rica de sol, alegre de luz y de limpieza, parece, sin embargo, reírse con esfuerzo y de la misma manera que otras llorarían. Los muebles, brillan demasiado, de tanto frotarlos; arrimados en un orden en exceso prudente y apretado. Tres camas sin cortinajes llaman, en primer lugar, la atención; los cobertores, de lejos, parecen bordados; pero al examinarlos de cerca, puede admirarse la delicada minuciosidad de los zurcidos. También los habitantes son numerosos y se adivina que viven allí toda su estrecha vida doméstica. Al pie de cada una de las camas, que sostienen, en aquel momento, telas e instrumentos de trabajo, hay una mujer sentada, hundidas las miradas y los dedos en confecciones mercenarias. Una cuarta mujer, inclinada hacia la chimenea, aviva un fuego con una olla de tierra.
Sentado ante una mesa, un hombre escribe con numen ardoroso. Su mano parece, sobre el papel, el galope de un caballo por amplia campiña. Pero a veces se detiene como ante una encrucijada o como si oyera que alguien se acerca. El escritor, vacilante y lento, duda entre dos caminos o, quizá, espera ojo avizor, para echarse sobre la presa, sobre tal pensamiento, vago y lejano aún, pero que no tardará en ponerse a su alcance.
Este hombre entra hoy mismo en su sesenta y siete aniversario. La mujer cuyas grandes y regulares facciones se iluminan con los caprichosos reflejos del hogar, tiene cuarenta y nueve años. Una de las costureras es septuagenaria; las otras dos se avecinan a los treinta. Todas las caras denuncian, por su demacrado aspecto, arrugas profundas y ásperos relieves, la duración de las privaciones; no obstante, una belleza aristocrática, desigualmente valerosa, las adorna.
Poblado por los ligeros ruidos de la pluma, de las telas al rozarse y de la madera dulcemente empujada bajo la olla, el silencio parece hecho de resignación y al mismo tiempo de respeto hacia la labor del escritor.
Andando de puntillas, la cocinera se coloca detrás de este. Inclínase y mira ávidamente: la pluma, con letras versales acaba de trazar un nombre magnífico, persiles. La vista de esta palabra ensombrece el rostro de la curiosa. Una sonrisa de decepción crispa amargamente sus labios. Sobre la espalda del viejo coloca una mano de caricia y de reproche; y, como se riñe a un niño querido pero obstinado:
—¿No llegarás a ser nunca serio, Miguel?
El interpelado se vuelve, mostrando su bondadosa y voluntariosa faz. Su sonrisa es en sus labios una flor de ternura, pero su mirada se ilumina con agradable malicia.
—Lo que tú dices que es serio —dice él— no conviene, tal vez, a un poeta.
—Pero es conveniente a un hombre.
El poeta no contesta más que por medio de una dulce expansión de la sonrisa. Y ella añade con una voz repentinamente acre:
—Y lo es más a un pobre.
—Mis personajes son ricos para mí.
Un principio de impaciencia levanta algunas espaldas enflaquecidas pero cuya curvatura no deja de embellecerlas. La mujer replica:
—Un hombre que tiene cuatro mujeres a su cargo necesita seriedad.
El hombre es de los que tienen la dulzura de contestar sin palabras a ciertos choques de las mismas. Se levanta, se dirige hacia la descontenta.
A pesar de una ligera resistencia, la envuelve con el brazo derecho y deposita en sus mejillas dos besos que resuenan como el golpear de dos castañuelas.
Calmada a medias, algo risueña y un poco melindrosa, murmura:
—Tratándose de caricias, el señor Miguel de Cervantes es generoso.
—Da lo que tiene.
Cervantes va a abrazar a las otras mujeres: doña Luisa, su hermana, su hija doña Isabel y doña Constanza, su sobrina. Le acogen tiernamente, pero no sin tristeza. Luego, pensativo, casi como un ciego, ligeramente hacia adelante la mano, anda, rodeo que la costumbre dirige, a través de la obscura habitación. ¿Piensa en sus propias cuitas y en las penas de los pobres seres que le rodean? ¿Piensa en los desvelos imaginarios y en los novelescos Los trabajos de Persiles y Sigismunda?
El azar o el hábito le detienen delante de un aparador de grosera madera. Sus ojos miran los libros que aquella contiene; pero, ¿los aperciben? ¿Ven, en el centro del estante superior, su Galatea, que espera, como Don Quijote, la continuación y el desenlace? ¿Ven, alrededor de su idilio inacabado, la multitud elegante de los poetas italianos o españoles: el Pastor Fido, las églogas de Garcilaso de la Vega, príncipe de los poetas castellanos, la Diana Enamorada, de Jorge de Montemayor, la Aminta, de Tasso, en su texto amanerado y en la amable traducción de Jáuregui, tan famoso pintor como poeta? Sí, ahora ve. Toma este último volumen, lo entreabre y lee media página. Luego murmura sonriendo: «Sabio pintor de retratos, cuan magníficamente sabes también pintar un alma. Ante tu obra y la de Torquato Tasso, se duda —equilibrio de goces— en declarar cual es la traducción, cual el original».
Vuelve a poner el libro en su sitio y su mano acaricia con amor lo que hay en el estante del medio, el que mejor presenta las obras a la mirada. Como en una carga de caballería, novelas caballerescas y epopeyas se mezclan en él. Amadís de Gaula se apoya en una traducción de Homero. Un Virgilio latino está entre Palmerín de Inglaterra y Don Belianís. Tirante el Blanco, «tesoro de alegría y continuo pasatiempo», asocia sus grandes carcajadas a las delicadas sonrisas del Ariosto. La Jerusalem Libertada, de Torquato Tasso, se apoya en tres poemas castellanos, La Araucana, de don Alonso de Ercilla, la Austríada, de Juan Rufo y El Monserrate, de Cristóbal de Virués.
El estante inferior parece muy descuidado. Los libros están allí tendidos en montón, al azar. Es un caos en el que hay un poco de todo y nada, sin duda, que interese al poeta. Algunas obras parecen, sin embargo, tratadas algo mejor, pues presentan su dorso y su título. Son compilaciones de poetas amigos, versos de Padilla, de Maldonado, de Barros, de Yagüe, de Salas, de Hernando, de Herrera.
Aunque vea el vasto y suave sueño que debía escribir o algunos de los ya por él escritos o por los otros, el soñador ignora lo que pasa a su alrededor: hacia el lado de la mesa en la que alternan inmortales escritos y parcas comidas, no puede fijarse en los rápidos pasos y en los furtivos gestos de su mujer.
Vuelve, se sienta ante su trabajo, hunde su pluma en el tintero, la aproxima al papel... Pero prorrumpe en una risa brusca, como de cosquilleo, en la que se mezcla la alegría y el enervamiento.
—¡Ya empiezan los sortilegios! Soy demasiado buen católico para acoger semejantes misterios; los de la fe son suficientes para mis necesidades de credulidad. Catalina, querida maga, devuélveme mi Persiles.
Ella contesta con una dulzura obstinada:
—Sé razonable. Trabaja en la segunda parte de Don Quijote.
—No lo haría a gusto.
—No se trata de tu gusto, si no del de los compradores.
—Las segundas partes no valen nunca nada.
—Yo digo que un libro vale algo cuando proporciona dinero.
—Opinión algo grosera, mi noble doña Catalina de Salazar Palacios y Vozmediano.
—Es la opinión de personas que tienen hambre, don Miguel de Cervantes y Saavedra.
—Todos los españoles tienen hambre —dice dulcemente el poeta.
Pero allá abajo, al pie de una cama, una débil voz se desliza como un suspiro:
—Excepto los habitantes de los conventos —susurra la débil voz.
Cervantes se vuelve dolorido:
—Sé tus ilusiones, Isabel mía. La prisión en la que el pan está asegurado y donde las manos permanecen aristocráticamente inactivas. El dormitorio eterno en el que aturdida la voluntad permite a la imaginación los sueños más errantes y vacíos. Si la palabra estuviese libre, bajo la Inquisición, el Caballero de la Triste Figura habría salido de un convento para realizar sus andanzas caballerescas. Pero no. La locura de Don Quijote, demasiado generosa, no sabría salir de una fuente tan egoísta y envenenada. Dejemos este ideal tan helado y paralítico para la enfermedad de los Ignacios y de las Teresas. Nada tienen estos de noble en su demencia, ni el vasco inútil y testarudo que sueña en una monarquía universal sin tener tan solo la semiexcusa de estar sentado en un trono; ni la quimérica e insaciable enamorada que, hambrienta después de haber devorado las realidades, busca no sé qué hueca saciedad en el fantástico amor a un Dios. Isabel mía, vale más que esto y...
—Cesa de blasfemar —implora doña Luisa multiplicando en sus labios las señales de la cruz—. No atraigas más sobre nosotros la cólera y la maldición de Su Majestad.
Los españoles de aquella época empleaban exactamente los mismos términos para designar a su Dios como a su rey. «Las Dos Majestades» decían, con un lealismo enfáticamente equilibrado, los señores predicadores.
E Isabel:
—Si tus dos hermanas mayores (a quienes Dios tenga en su seno) te oyeran: ¿Qué dirían? ¿Qué diría doña Andrea, la piadosa madre de nuestra devota Constanza? Y ¿qué diría Magdalena la beata? Les costaría una enfermedad.
—Las que has nombrado están, desgraciadamente, al abrigo de toda enfermedad. En un refugio bastante semejante a aquel en que tú quisieras meterte, al abrigo del hambre.
—Bienaventuradas las que han muerto en el Señor.
Hubo un largo silencio. Cervantes miraba el manuscrito que le quería imponer su mujer. Releía con los ojos la última página, trazó luego dos líneas que borró en seguida con movimiento nervioso. Decididamente la inspiración no soplaba por aquel lado. Recogió los cuadernos, los rechazó con movimiento de desdén e impotencia. Y volvió a emprender su paseo pensativo.
Catalina, irritada por esta inercia aparente, a menudo tan enriquecedora, pero que parece siempre pereza a los no iniciados:
—¿Sabes, Miguel, lo que te ha perdido, te pierde y te perderá?
—¡Perdido! ¿Estoy perdido y son todos mis trabajos perecederos? La posteridad lo dirá.
—Es en la actualidad, no en la posteridad que se debe vivir.
—Desde Homero, el mendigo, los verdaderos grandes hombres conocen el desprecio de su época y la miseria. El mismo Camoens en Lisboa o entre nosotros este Ercilla que es el único, entre nuestros poetas heroicos, que puede luchar con el gran portugués y con los grandes italianos...
—¿Camoens y Ercilla veían sufrir a su alrededor algunas mujeres?
—Pobres seres. Compartís mis males y no podéis subir al reparto de mis alegrías.
Cargado de compasión volvió hacia el Don Quijote. Trató de imponerse un trabajo que, dentro de algunos días, tal vez, sería voluptuoso. ¡Imposible! Ciertos canales de su imaginación estaban áridos como el Manzanares cuando un asno, según la hipérbole de Góngora, acaba de beber en él. Otros se obstruían como ante las rocas, el furor y la riqueza apresurada del torrente de las montañas. ¡Doble sufrimiento! Sentir detenerse su estremeciente superabundancia: tener que agotar y desecar su sequedad.
Sus esfuerzos inútiles le causaban una especie de vértigo. Su cabeza giraba. Se levantó de nuevo, abrió una ventana y aspiró el aire, jadeante. Sus ojos parecían mirar al muro de enfrente. Pero si sus labios eran una sonrisa cada vez más creciente, es porque no veía la fealdad amarilla y agrietada. Percibía, fresco movible y heroico, las aventuras de Persiles y Sigismunda. Un instante, la ilusión fue tan precisa e imperiosa que el poeta enseñó el puño a los imaginarios enemigos de sus héroes imaginados. Pero se recuperó, cerró la ventana y murmuró sacudiendo la cabeza, algo alegre:
—¿Soy, pues, más loco que el Ingenioso Hidalgo, yo que no tengo necesidad, para aplacar mi cólera, de los títeres de maese Pedro?
Una mujer que tiene algo que decir acaba siempre diciéndolo. Los paréntesis que le dictan la confusión de su pensamiento o la confusión de los sucesos, son obstáculos que un instinto, obstinado y abundante como una fuente, derriba o sobrepuja. Las palabras de una mujer pueden ignorar adonde van, pero no por ello dejan de llegar. Sus discursos se deslizan inciertos hacia un objetivo inevitable. El espíritu de cada mujer es, en una pendiente accidentada, un océano que recibe todos los ríos y todos los arroyos.
Catalina encontróse ante Cervantes.
—¿No quieres oír —dijo ella— lo que te ha perdido, lo que te pierde y lo que te perderá hasta el fin si no quieres escuchar a tu esposa?
—Creo, amada mía, que he oído ya otras veces lo que vas a decirme.
—¿Podrías repetirlo?
—Tal vez, si aceptara esta prueba algo ridícula, aunque haya pensado después en muchas otras cosas.
—En tu Sigismunda. Te interesa más que yo.
—Y quisieras que me interesara aún más por Dulcinea, ¡oh!, mujer sin celos, ¡oh!, perla rara...
Pero Catalina levantando ambas manos temblorosas de despecho:
—Lo que te ha perdido, te pierde y te perderá, es la falta de espíritu de continuidad.
Y precisando la acusación:
—¿Por qué no continuaste tu carrera primera? ¿Por qué no continuaste siendo soldado?
El poeta tenía muchas cosas que contestar. Escogió la que podía expresarse por simples gestos. Enseñó su brazo derecho mutilado y su blanca barba.
—Tu barba era una ola dorada cuando abandonaste el ejército... ¿Por qué no acabaste tampoco tu primer libro, aquella Galatea en qué me amabas?
—Porque me casé contigo.
La equívoca respuesta irritó a Catalina.
—Lo que, sin duda, quiere decir que ya no me amas.
—Adorada demasiado susceptible e inquieta, Galatea solo podía proporcionarme tu amor. Desde el momento en que fuiste mía, fue necesario pensar en...
—Durante mucho tiempo tu teatro tuvo éxito. Cometiste la imprudencia de abandonar durante veinte años este teatro y ahora tratas, en vano, de penetrar en él.
—El éxito que alabas no bastaba para darnos pan. Durante los veinte años de silencio que me reprochas, olvidas que, agobiado por los trabajos administrativos, no encontré nunca una hora para escribir.
—Pero ¿por qué haces tus comedias actuales de tal forma que todos te las rehúsan?
—No quieren más que de Lope de Vega.
—¿Eres, pues, incapaz de hacer lo que hace Lope? La mujer más torpe sabe adaptar sus vestidos a la moda nueva. Y tú, con toda tu sapiencia, ¿no sabes apropiar tus palabras a los nuevos gustos del público? Di mejor que no quieres.
—He probado.
—Sin convicción, desdeñosamente, como hombre que cree rebajarse.
—Me rebajaba, en efecto, y no sin dolor.
—Con un poco más de buena voluntad te habrías elevado hasta el éxito.
—He hecho todo lo que he podido. Es muy difícil, te lo aseguro, hacerse, por medio del arte, tan monstruosamente falso e imbécil como lo es por naturaleza nuestro glorioso Lope de Vega.
—¡Imbécil un hombre que gana tanto dinero!
Pero sin preocuparse por lo que había de indignación y estupor en el grito de Catalina, Cervantes afirmó:
—El teatro actual será, dentro de algunos siglos, la vergüenza de España.
Con ferviente elocuencia explicaba qué clase de teatro había él ideado, qué nuevo teatro había empezado en su juventud con Numancia y La Confusa. Quería tragedias graves, austeras, potentes. Quería que el terror arrebatase las almas, luego, como torrente cuya furia se pierde en el balanceo apacible del mar, se anegase entre las lágrimas, las emociones tiernas, el infinito estable de la piedad. Y quería comedias en las que la risa no fuese el estúpido mecanismo con resortes semejantes a los de las trampas y armadijos, esta combinación estólida en la que el espectador queda cogido, como un ratón o un zorro, en el cierre brusco de las groseras sorpresas. ¡Oh, risa por mi amada, amplia y esplendente flor, que te abres al sol radiante de lógica, de luz y del calor de un carácter verdadero!
Luego su verbo ridiculizaba lo que se daba al público en lugar de las obras maestras posibles, toda aquella diversión proporcionada por la única intriga complicada e inverosímil. Diversión a la que se sacrificaba no solamente las reglas que Lope de Vega decía guardar bajo siete llaves, sino también la naturaleza, la verdad, la belleza, el equilibrio, la razón.
Hablaba con victorioso fervor. No obstante, Catalina continuaba sacudiendo, como negación y desprecio, su cabeza obstinada. Luisa, Isabel y Constanza miraban, en cambio, al poeta con la llama de la admiración en los ojos y, en los labios, la sonrisa apenas entreabierta del éxtasis.
Cuando se calló, las costuras reposaban adormecidas en las rodillas. Isabel, inclinada hacia su padre, tenía los brazos levantados y ligeramente extendidos. Constanza los había dejado caer, inertes. Luisa juntaba sus manos como en una adoración. Y exclamó:
—¡Oh, Miguel! ¡Oh, fuente de elocuencia!
—Pero —dijo secamente Catalina— no sabe ni hacer correr el agua hacia su molino.
Mientras decía ella esto llamaron a la puerta. Catalina corrió a abrir. Un criado de pomposa librea le entregó, no sin solemnidad, un ancho papel. Perfumada cera lo sellaba con las armas del cardenal don Bernardo de Sandoval y Rojas, Gran Inquisidor y Arzobispo de Toledo.
—De parte de Monseñor —dijo el mensajero inclinándose religiosamente.
Cervantes se aproximó con noble reverencia. Y recomendó:
—Participad a Monseñor toda nuestra emocionada gratitud. Sé cuanto la Gloria de Dios y la Pureza de la Fe ocupan el celo y las horas de Monseñor. Decidle que la discreción que retrasa el momento en que iré a besarle los pies es el mayor sacrificio que puedo hacer por él y por nuestra santa religión, la mayor prueba de estimación que puedo darles.
El sirviente, antes de retirarse, contestó con un cumplido no menos enfático, pero en los pliegues del cual, esta vez, no veríamos ninguna ironía. Fue este tan bien devuelto como lo habría podido hacer, en cualquier otro país, el más elegante de los cortesanos. La juiciosa cortesía española ennoblecía y ridiculizaba las palabras de los más humildes y los discursos de los más orgullosos.
Un minuto de silencio siguió a su marcha.
Catalina tenía en la mano el envío del Gran Inquisidor. Mientras lo miraba se dibujaba, en sus labios, una mueca de desdén.
—Respetas mucho el sello sagrado —dijo Cervantes riéndose.
—No ignoras lo que encubren estas fórmulas suntuosas. Un real, la ridícula, la humillante limosna de cada día...
—Danos, Señor, el pan nuestro de cada día —dijo irónicamente el poeta.
—¡Miguel, no juegues con las plegarias! —imploró doña Luisa entre precipitados signos de la cruz que cerraban a las palabras malas sus labios y sus orejas.
Y la amarga Catalina:
—Monseñor de Toledo es un padre generoso. Distribuye entre cinco personas el pan que no basta para una sola. No sé quien me impide devolverle estos socorros miserables y envilecedores, con la expresión de mi desprecio por su gran avaricia.
—¡Guárdate de ello, Catalina mía! Este magnífico real vale para nosotros mucho más que un doblón de cualquier origen.
—Tu extraña manera de apreciar las monedas...
—Los que ven entrar con tan regular frecuencia a un servidor con la librea del Gran Inquisidor no se atreverán nunca a indicarnos como herejes a la Inquisición. Este real te parece mezquino y estrecho; pero a mis ojos se ensancha, espeso y protector como un escudo.
—Cuídate, Miguel, de añadir a este real lo que pueda proporcionarte la segunda parte del Don Quijote.
Cervantes pareció tomar una resolución.
—Voy a Esquivias, allí trabajaré mejor.
—Sin duda tienes razón. Debe ser difícil escribir en un interior tan estrecho, en medio de cuatro mujeres a quienes gusta estar silenciosas, mujeres...
—Sois lo mejor que existe en el mundo.
—El camino es muy largo —hizo notar la frágil Isabel.
—No para un viejo soldado como tu padre.
Colgaba, en aquel momento, después del tahalí en el que pendía su espada, el rosario que formaba parte, como aquella, del equipaje de todo español.
—Llévate el Don Quijote —suplicó Catalina.
—Es inútil, amor mío, sé lo que debo hacer.
Púsose su ancho sombrero, tomó su pesado bastón, abrazó a las cuatro mujeres y desapareció.
Tan pronto como hubo marchado, Catalina se precipitó hacia la mesa. Cogió los papeles que en ella había y los puso en un cofre al lado de otros manuscritos. Luego examinó el contenido del mismo leyendo los títulos a media voz: Las semanas del Jardín, Continuación de Galatea, Bernardo, El error de los ojos, La falsa Tía. Nada más, exceptuando la segunda parte de Don Quijote que acababa de arreglar. Cerró el cofre sacudiendo la cabeza. Y, dejando caer sus brazos, desalentada dijo:
—¡Se ha llevado Persiles y Sigismunda!





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