martes, 30 de enero de 2018

Reseña de Juan Marqués de Y la palabra se hizo poesía, de Claes Andersson, en la revista Crisis







CUANDO ALGUIEN NOS TOCA



Claes Andersson
Y la palabra se hizo poesíaTraducción y prólogo de Francisco J. Uriz
Zaragoza, Libros del Innombrable, 2017
Colección Los libros del señor Nicolás
978-84-92759-94-1
388 páginas


Como le pasaba a Antonio Machado con Jorge Manrique, creo que Francisco J. Uriz podría afirmar que “entre los poetas míos / tiene Claes Andersson un altar”. El infatigable traductor zaragozano ya había dedicado al que probablemente sea el mejor poeta finlandés en lengua sueca dos antologías, una muy amplia en la editorial pamplonesa Pamiela, en 1998 (Lo que se hizo palabra en mí), y otra que el Festival de Poesía Cosmopoética de Córdoba le encargó diez años después, en 2008 (titulada Los estragos del tiempo, como el libro originalmente publicado por Andersson en 2005), y que publicó la editorial Juan de Mairena y Libros (y no es demasiado aventurado asegurar que jamás habrá habido en ningún rincón de cualquiera de los dos hemisferios de este planeta una editorial con un nombre más abracadabrante).
            Ahora, casi otra década después, y para celebrar la reciente incorporación de su amigo Andersson en el club de los octogenarios, el gran Uriz ofrece una tercera antología que, según explica en su extensa introducción, incluye las dos anteriores, pero ampliándolas sensiblemente, al tiempo que las actualiza, incluyendo poemas de los más recientes libros del poeta y obteniendo así una panorámica ya no suficiente sino simplemente suntuosa, una “antología completa”, si la paradoja fuese admisible.
            Y en ella quienes hemos ido leyendo todas en su momento podremos volver a visitar esa poesía intensa, directa, potente y honesta de Andersson, un poeta en el que, como en tantos casos de su generación y de esas latitudes, hay un precioso sentimiento de comunidad tan arraigado como convincente, y que implica tanto a lo colectivo (“la unidad más pequeña de la sociedad son dos personas”: p. 46) como a lo íntimo (“Nos hacemos personas cuando alguien nos toca”: pág. 270), de lo social a lo privado sin ningún tipo de contradicción, al contrario.
            Claes Andersson es de esos poetas hondos y sensibles (“Sé cuidadoso con las palabras / cuando le describas a la ciega / lo hermoso que es su rostro / cuando escucha”: p. 81) que no bajan ni un milímetro el listón de calidad cuando se trata de lanzar soflamas contra la indiferencia, el acomodamiento, y especialmente contra ciertos acomodados (“Cuídate de aquellos que sólo quieren vivir / su vida en paz. / No reparan en medios”: p. 87), sin permitirse despistarse de “la lucha que eleva nuestra vida / a su dignidad humana” (pág. 99).
La crudeza conyugal de las “Elegías de parejas”, en el libro Prodigio, de 1984 (“Vete al infierno pero vuelve”, dice alguien a alguien en un verso que expresa de un modo sublime el desgaste de la convivencia, pero también la dependencia emocional) o la torrencialidad significativa de “Ninguna acción es una isla”, de Mis mejores días (1987) conviven con la ironía fértil y a menudo autocrítica (“Nosotros éramos los elegidos por nosotros”: p. 188), y también con estupendos arrebatos metaliterarios: “La poesía es una forma de mentira / La poesía soslaya las realidades / y eleva lo irreal / al nivel de la suprarealidad […] La poesía no es un detector de mentiras / sino la mentira misma / Cuando las ciudades y los pueblos arden / cuando los arrozales arden / los poetas encienden sus candelabros / y escriben: «la libertad arde / en mi corazón» / Pero los corazones que arden / no huelen a quemado / Sin embargo los pueblos que arden huelen / como huelen los hombres que arden” (p. 52).
            Estamos, por tanto, ante cualquier cosa menos ante un poeta escapista, pero en toda la obra del finlandés subyace una celebración radical de la vida, por encima de la amargura o el desaliento, manteniendo una esperanza que a veces da lugar a versos inolvidables: “Brotan hojas en todas las ramas en las que pude haberme ahorcado” (pág. 239). La alegría instintiva de Andersson, así, no es ingenua, algo que tampoco queda desmentido al comprobar con qué admirable tenacidad mantiene, por encima de todos los disgustos y decepciones, una poderosa y contagiosa fe en la humanidad: “No hay luz como la luz del ser humano” (pág. 242).
            Decorándose (en el mejor sentido de la palabra) con versos muy sugerentes y lúcidos (“El sentido de la vida es seguir el balón con la mirada. / Cuando ya no se ve el balón ha terminado el partido”: pág. 267; o bien, aún más sugerente: “La vida es una breve visita a alguien que no está en casa”: pág. 280…), Andersson fue derivando hacia el (excesivamente temprano) balance vital que publicó en 2002, lleno de fuerza y de verdad, y ante el que no hay nada que replicar, neutralizando cualquier posibilidad de añadir algo: “Tras una minuciosa consideración y después de haber constatado que no hay remedio, me alejo de lo físico. Tuve una buena vida. Sigo amando a las mujeres a las que amé. Mis hijos y los hijos de mis hijos fueron para mí una fuente incesante de alegría y asombro. En la ciencia médica, la literatura, la música y el deporte encontré la alegría y la satisfacción que uno experimenta con aquello a lo que dedica toda su fuerza y su saber. Tuve suerte en el amor. Te quiero. Si hay alguna eternidad (cosa que dudo) allí nos veremos, a su tiempo. Tómatelo con calma. Nos vemos junto al bar” (p. 234).


Juan Marqués


[Publicado  en la revista Crisis, núm.  11 (Erial ediciones, junio, 2017)].

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