Así comienza… El ibro rojo, de Iván Humanes

 






Prólogo

Proposiciones mesméricas

(Fragmento)

Todo se desplomó y el gran sudario del mar siguió

meciéndose como se mecía hace cinco mil años. 

Moby Dick, Herman Melville

Durante un tiempo he vivido tranquilo, aunque siempre hay que estar dispuesto a abandonar la literatura. A firmar el último libro. Y este lo es. Requiere el mismo flirteo que se tiene con la primera víctima: discursos, mirada de barbo común y manos en la cintura. Adamo. Lecho. Más tarde, la tierra. Paladas. Y se conquista un libro como se entierra un cadáver, como si no hubiera sucedido nada. Otra posibilidad sería la ofrenda, darle una parte del cuerpo al Devorador Hastur, que es el responsable de las causas narrativas. Un ojo quizás. Ofrecerle la carne a cambio de unas líneas. Pero la incisión en la chicha demanda la precisión de un buen cirujano y un cuerpo votivo. Muestra de gratitud y súplica por una historia. Hay que saber elegir.

Revisitar El libro rojo (otro libro rojo) de Jung, entender la confrontación con lo inconsciente. Manuscrito iluminado. Y antes del punto final, Mesmer y sus proposiciones, el camino para estos quehaceres. Intertextualidad y lingüística forense. Que son veintiocho:

1. Existe una influencia mutua entre la literatura, la tierra y los cuerpos inanimados.

2. El barro —universalmente estancado y a rebosar de hojas, de manera que hay un pie dentro del lodo y un perro stalker observando detrás de los arbustos, la cabeza de un individuo ladeada y dentro del mundo pero fuera del mundo, con los brazos desencajados—, el barro estancado, decíamos, da el resultado, sin admitir duda para suponer la identidad del sujeto, que ese es el material sin comparación y que es el vehículo de esta influencia.

3. Esta acción entre los elementos está sometida a leyes irracionales poco conocidas, sí supuestas, nada admitidas. No es normal que una mano parta el cuello propio, siempre tiene que ser ajeno; ni que después uno se convierta en enemigo de la extraña situación generada; ni que un superhombre deje rastros detectables con las nuevas técnicas de reconocimiento que se aplican (esto último es lo de menos, pero no pierde su importancia). Véase: adn, huellas, fluidos. Principio de intercambio de Locard: «Siempre que dos objetos entran en contacto transfieren parte del material que incorporan al otro objeto».

4. De esta acción resulta una serie de efectos alternativos que pueden considerarse un flujo y reflujo, un ir y venir en el texto/cadáver. Apláudase la escrupulosidad de las premisas con el apasionado de Mesmer y considérese la lectura de Roberto Bolaño, entender el arrebato de un cuento. En su defecto, Mortadelo y Filemón. O Goya. Pinturas negras. Las parcas. Dos viejos comiendo sopa. Saturno devorando a sus hijos.

5. Este flujo y reflujo tiene la facultad de conversión de general a particular, más o menos concreta según la naturaleza de las causas que la determinan. Dichas causas determinantes, a veces conllevan la conversión del lenguaje técnico-físico al lenguaje humanista y, siendo exactos, al lenguaje legalista: eximentes. Siempre hay eximentes, circunstancias eximentes en la literatura. Visítense manuales de droga y La piedra de la locura de Arrabal (¡también Boris Vian! ¡Panero! ¡Horacio Quiroga!).

6. Es por esta operación —la más universal que nos ofrece la naturaleza: flujo y reflujo— por la que se ejercen las relaciones de actividad entre la literatura, la tierra y los cuerpos inanimados: llegar borracho a casa, ver los elementos disociados, a una con otro, o ni siquiera a ella con él, sobreviniendo el celo y el odio narrativo. Recuerden y no confundan: no es lo mismo borboteo en garganta que reflujo ni herida interior derramándose que flujo.

7. Las propiedades de la materia y de los cuerpos/textos relajados en exceso (lengua afuera, ojos enormes y muñecas con cuerdas, atadas con esas cuerdas que se venden en los centros de bricolaje, cuerdas verdes de tendedero) dependen de esta operación. Un texto relajado, queso brie, es menos válido para copular que uno tenso.

8. El cuerpo animal/cuento bestial siente los efectos alternativos de estos agentes (barro y uñas negras), y es al insinuarse en la sustancia de los nervios del lector/espectador cuando los afecta. Lección central o tormento.

9. Se manifiesta en los organismos con las mismas propiedades que el barro. Mesmer apuntaba que la relación era entre los cuerpos y el imán. Una teoría caduca, pese a que toma importancia suprema el «magnetismo animal» en su época, sin poder considerarla la única variable. Importante es el barro en la frase contenida en el Génesis 3:19: «Con el sudor de tu rostro comerás pan hasta que vuelvas al suelo, porque de él fuiste tomado». De la línea surgiste y a la línea regresas. En el barro descansarás. Y se pueden distinguir polos entre el cuerpo embarrado y el cuerpo limpio que pueden ser comunicados, cambiados, destruidos y reforzados. Incluso puede observarse el fenómeno de la inclinación a un autor/asesino en un cuerpo inanimado y sumergido, casi totalmente, en el lodo.

[…]


La llave

I Premio de cuento «Vuelo del cometa».

¿Quién conoce el fin? Lo que ha emergido puede hundirse y lo que se ha hundido puede emerger. Lo satánico aguarda soñando en el fondo del mar, y sobre las ondulantes ciudades humanas navega el apocalipsis…

La llamada de Cthulhu, H. P. Lovecraft

Nos acordamos en el último instante: el sacrificio debe ser lento, nada de cortar rápido la carne con el cuchillo. Rabiosos como estábamos, era normal entender la avalancha sobre ese cuerpo. Y todo lo que habíamos leído, lo que habíamos imaginado, se fue al garete por tanto entusiasmo. Hay que entender que llevábamos tiempo esperando el momento, calculando cómo recogerla en la carretera y llevarla hasta ese lugar abandonado. El engaño. Un colchón raído en medio del campo y la expiación. El fin era abrirle la carne y dibujarle una llave justo en el corazón. En esto último nos empleamos más. Sabemos que en el detalle de las cosas se encuentra la iluminación. Pero éramos novatos. Su cuerpo se convirtió en un amasijo de extremidades descoordinadas y la llave acabó pintada como un garabato estúpido en su pecho. Esa era nuestra entrada al otro mundo. No sucedió nada, por más que dimos vueltas alrededor del cadáver. Por mucho que miramos la luna y pronunciamos las cuatro palabras mágicas que habíamos aprendido, no iba a ser tan fácil invocarle.

El lunes regresamos al trabajo de peleles financieros. Los dos en la misma empresa y separados por una mesa de distancia. La imaginación desbordada, pocas horas de sueño. Él imputando pagos y yo controlando el gasto. En el vending tomamos café con los compañeros. Les sonreímos y gastamos bromas, mantuvimos la compostura. Sabíamos que la misión era más honda que esa sinfonía de risas enlatadas. La cabeza estaba en otra cosa más valiosa que la superficialidad del trabajo y las relaciones. Era posible que en los números se ocultase la razón de los actos. Creíamos haber dado con la fórmula que, trasladada sobre el cuerpo, provocaba La Llegada. Teníamos que intentarlo y dar con ella. Al menos era lo que creíamos hasta hace unos días:

—Tienes que hurgar en mi carne. Encuéntralo… —me dijo convencido.

No pude decirle que no. Él tenía la experiencia de la edad, era contable sénior. Yo, un júnior que comenzaba. Nos distanciaban veinte años de vivencias. Elegimos mi piso para practicar la incisión detallada. El suyo estaba poblado por mujer, hijos y perro. No hubiese sido buena idea excusarnos ante ellos e ir al sótano a poner en práctica las indagaciones. Estuvimos un buen rato hollando con el cuchillo la carne de sus muslos, destrozando libros imposibles sobre llaves simbólicas, supurando heridas. Sabíamos que el símbolo adecuado podía abrir y cerrar portales. Era el procedimiento si se quería llegar al otro lado. La llave correcta abría el umbral. La herida era el medio. Nos quedamos analizando fuentes hasta que se hizo tarde y abandonamos la investigación. Avergonzados, dejamos mi piso hecho unos zorros. Suerte que no solía ser frecuentado por extraños y limpiaba los fines de semana. Odiaba salir. Ir de fiesta. Perder el tiempo. No tenía sentido. Estaba mejor allí dentro, en mi estercolero de manuales y fórmulas. Elecciones que uno tiene.

No podía darse el fracaso en nuestros planes. Estábamos en el camino que el alquimista necesita para alcanzar la conversión en oro de la materia: transmutar el sufrimiento en sabiduría. Nos despedimos esa noche con un fuerte apretón de manos. Me fui al sofá a meditar los errores. Se trataba de obtener el equilibrio perfecto entre el dibujo en la carne y la imagen a representar. No era diseñar una llave y ya está, sino que en el proceso del corte había que estar seguros de que ese símbolo nos llevaría al otro lugar, imaginarlo. No sabíamos si se abriría la puerta con el propósito de que Él entrase o de que nosotros pudiéramos llegar hasta Él, pero sí intuíamos que era la única manera de hacerlo. En esas estaba, excitado de tanto futuro, que necesité tocarme, relajarme y correrme en ese momento. Por supuesto que lo hice. Había aprendido a disfrutar con lo que hacía. ¿Y si la llave fuera el sexo?, pensaba al masturbarme. ¿Acaso se trataba de algo tan simple como hundir el pene en la herida? ¿Correrse dentro y fertilizar el elemento? Estaba cansado. Desvariaba. Sucedió. El azar es el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar, que diría el poeta Gautier.

En las paredes se dibujaron formas absurdas, el suelo del piso crujió como un espinazo enorme que despertaba del letargo, las luces se apagaron. Me quedé callado. No podía moverme. Y oí un corretear rápido que iba de un lado a otro del salón. Creo que estuve un rato sin respirar, atento a cualquier ruido. Los pasos se volvieron firmes en la oscuridad. Pesados; venían hacia mí. Notaba su presencia invisible. Apenas pude ponerme los calzoncillos y abrocharme el pantalón. Creí distinguir unos ojos y unas manos, dientes afilados, una forma animal abalanzándose a beber de mi cuello. Aullé como un bebé. Y Él entró en mi cuerpo. No pude reaccionar. Los intestinos ardían. Noté la garganta en carne viva. Los huesos hacían crac. Grité. Y vino la oscuridad. Caía. Y en la caída pude ver seres gigantescos, enormes deformidades, la locura del mar y ciudades malditas. Reinos del infinito situados más allá de la naturaleza que conocemos, mundo destruido. El nuevo reinado de los Antiguos. Así se hacían llamar. Todos rindiéndoles culto, vasallos. Amanecí allí en medio. Era un muñeco de trapo, tirado en ese salón repleto de gasas ensangrentadas, cuchillos y grimorios.

—¡Lo hemos conseguido! ¡Ha entrado, hostia! —solté en el momento en que él descolgó el móvil.

El compañero no dijo nada. Al otro lado había silencio. Creí escuchar un mínimo gimoteo, el lógico tras tanto esfuerzo. A su maldito perro ladrar al fondo. Le dije que nos veríamos en el trabajo esa misma mañana. Que teníamos que hablar de las tinieblas y de lo invisible. Y las primeras horas fueron tiempo laboral echado a perder. No estábamos los dos en disposición de concentrarnos en fórmulas de Excel. No, nos ocupaban otros asuntos. Suerte de los descansos a media mañana y de la larga pausa del café. Me interrogó. Le detallé el protocolo. La unión del sexo y la sangre, un tópico que se nos había pasado por alto.

—¡Es ridículo, disculpa! —exclamó apretando los puños.

En su cabeza no estaba bien visto cruzar esa línea morbosa, tenía que evitar los vicios. No podía traicionar a su mujer. No podía bautizarse como eyaculador sobre cuerpos muertos. Ni siquiera sobre heridas ajenas. Hubiera supuesto dar el primer paso hacia el engaño. Era indiscutible que no quería darlo. Estaba cómodo en la muerte, no en la infidelidad conyugal.

—No abandonaré a mis hijos —sentenció con la boca tonta.

—Soy el receptor —le aseguré, tranquilizándole.

Vi alivio en su semblante. No es que fuese la mejor situación en cuanto a él, porque de ostentar el cargo sénior se había transformado en simple mediador. Tenía motivos de sobra para estar contrariado. Él me ayudaría en el ritual, estaba seguro. Yo daría el gran paso hacia el destino, sería el que uniría sexo y sangre; me convertiría en receptáculo del ansia. Acabó aceptándolo, era la mejor manera de salvaguardar su conciencia y su matrimonio. Necesitábamos un plan. Sabíamos la forma de hacerlo. Precisábamos definir qué queríamos ganar y cómo podíamos acceder a ese reino de tinieblas y destrucción. Nos pusimos manos a la obra esa misma mañana. Él me enviaba propuestas por el chat de la empresa, yo las aceptaba. 

Descartamos matar al jefe. No porque no le tuviésemos ganas, sino porque después me lo tendría que follar. Quiero hacer una pausa y explicarme: me gusta tener sexo con ambos géneros si es que se dejan y lo deseo. Pero no quería tenerlo con ese señor de axilas sudadas, gafas sucias y olor a sebo. Lo siento, hay límites. Teníamos que adaptar el objetivo. Encaminarlo minuciosamente. No se trataba solo de copular con un muerto. O una muerta desgreñada. Sino de alcanzar el lugar elevado en el acto donde ambos mundos se confundían y entremezclaban, donde el instinto se elevaba al plano exacto. La desconexión terrenal, dicho de otro modo. Así que la lista acabó reducida a dos personas: al Director Financiero y a la Secretaria de Dirección. ¿Demasiado elevado?, diréis. Pues sí. No íbamos a jugar al azar como la primera vez. A estacionar en la carretera y esperar un alma perdida como el asesino del zodiaco. No.

Acabó la jornada. Nos subimos en el coche. Estuvimos dando vueltas por las oficinas. Esperamos a que el Director Financiero acabara su jornada. Le seguimos a casa. Paramos cerca. Salimos del auto. Le golpeamos la cabeza con uno de los enanos del jardín que guardaban la entrada en el preciso momento que estaba abriendo la puerta. Le cogimos de los pies y lo arrastramos dentro. Encendimos las luces. Elegimos su preciosa cocina de diseño para la ofrenda. Era un tipo soltero y raro, nadie iba a molestarnos esa noche.

—Me voy a dar una vuelta —me dijo mi compañero mientras yo dibujaba una llave persa en el centro del pecho de la víctima.

Asentí. Comprendí que no quería participar en la típica muerte y el grabado a cuchillo. Era respetable. Y me desabroché los pantalones y me puse encima del Director. Estaba concentrado. Intenté que las broncas que había recibido de él en el trabajo no enturbiaran el momento. Pensar en eso acabó excitándome. Violar la jerarquía, qué satisfacción. Le recordé levantándome el dedo y borrando mi presentación de resultados, reprochando mis malos objetivos y la rebaja del sueldo. Y pasó. Con una variación. Las paredes volvieron a ser siluetas radiantes. Las patitas corretearon de un sitio a otro. Estaba encima del mártir, sentado en su cintura y con el miembro en la mano, esperando la iluminación de mi alma, la entrada del mal en mi vientre. Sin embargo la luz no conquistó mi pecho, sino que, de forma inexplicable, penetró en el Director, que despertó pese a su muerte. Caí hacia atrás, paralizado, sin poder reaccionar ante esa figura que se alzaba y me señalaba. Que me acusaba. Sus labios eran odio rojo. La lengua infernal, reproche. Caminaba descoordinado hacia mí. Apenas fue un instante, luego se arrodilló y su boca comenzó a hablar como si nada. Los brazos inmóviles y la cabeza yendo de un lado a otro, fracturado el cuello por el golpe que le dimos. Y empezó a hablar:

—El cuerno suena en Kadath y todo es noche y silencio, metal pesado —decía—. El desierto deja de ser polvo y la tierra es granito, formas pétreas que imploran a la luna. La cacería es la ley. Nada se mueve en Kadath, pese a que todo late oculto, a la espera del alma perdida.

Fue decirlo y volver a caer pajarito en el suelo. Mi compañero vino corriendo y se tapó los ojos al ver que mi polla estaba afuera, flácida y boba. No sabía cómo explicarle. Tartamudeé:

—Ha… ha… si-sido él. Ha sido él —dije señalando al muerto.

Le expliqué la escena, ya relajado en el sofá del comedor. Con unas tónicas en la mano que cogimos de su nevera de Director Financiero, unimos las piezas del puzle. Convenimos que apenas habíamos entrado en su guarida. Que Él había salido para darnos las pistas necesarias sobre su condición y reinado. Tal vez quería que continuásemos el camino de búsqueda. O que, si ese no fuese el mensaje principal, nos estuviese advirtiendo del sendero que estábamos empezando a transitar. Peligroso, sin duda. Y también necesario. 

—No corramos. Hay que hacerlo bien —me dijo antes de empezar el desmembramiento. 

Debíamos sortear la imputación, la cárcel. Llenamos las bolsas de deporte que teníamos en el maletero. Las lanzamos en el pantano y cada uno se fue a su casa. Era prometedor. Esa noche dormí como un lirón. Al día siguiente, que fue exactamente ayer, hicimos lo propio con la Secretaria. En esa ocasión debíamos practicar un plan diferente, pues sí que teníamos una pareja que molestaba en la ecuación; la suya, a efectos de ser estrictos. No podíamos valernos de su piso. No se trataba de un alma descarriada y solitaria. No era una simple trabajadora. No frecuentaba bares de mala muerte. No nos gustaba. Y no le gustábamos a ella. Tuvimos que hacerlo entre las fotocopiadoras de la oficina. Me explico, es sencillo. Estábamos los dos con el café en la mano, en la máquina de vending, justo al lado de las dos impresoras de esa planta, y la vimos aparecer. Ni reparó en nosotros. ¿Por qué mirar a unos contables de mierda? Mi compañero me sorprendió.

—Que voy, sujétame el cubata. Vigila.

Carraspeé. No me dio tiempo a responderle. Cuando quise darme cuenta, ya estaba ahogándola con el cable de corriente de la impresora. Yo miraba nervioso a un lado y otro, esperando que no apareciese ningún buitre delator. Tuvimos suerte, es cierto. Porque, sin esperarlo, yacía en la moqueta la próxima sacrificada. No era lógico practicar la incisión allí mismo y la arrastramos al lavabo de hombres. La suerte estaba de nuestra parte. Nos creíamos superiores, invencibles. Y en el retrete se dio lo extraordinario. No porque fuese difícil conseguir un buen cuchillo para dibujarle la llave en el pecho —utilizamos uno de plástico que llevábamos en el táper—, sino porque mi compañero dijo que esa vez le tocaba a él. Lo hizo con una cantidad enorme de energía en la afirmación, seguro de dar el paso que había evitado siempre.

—¡Claro! —le contesté. 

Era pesimista. Entendía que tuviese la necesidad de experimentar el poder y el entusiasmo de la premeditación. Pero no que se hubiese negado a hacerlo tanto tiempo y que, de repente, yo pasase al banquillo. Él, tan íntegro siempre. En fin, muerte y destrucción. Había perfilado el combo perfecto con sus manitas de sénior. No había otro remedio que aceptarlo. Me aparté. Mi misión era vigilar la puerta del baño y excusar las posibles entradas, decir una mentira inventada al paso. Éramos expertos en las justificaciones. Así que allí me quedé, viendo a mi colega practicar el ritual. Pronunció palabras incomprensibles en un lenguaje arcaico y desconocido. Dibujó la llave encima del corazón, poder y autoridad sobre la vida y la muerte. Se tumbó desnudo sobre la señora. Mordió el cuerpo. Las luces del baño parpadearon, comenzaron a apagarse y encenderse con violencia. Elevó el tono. Febril, violó la carne abierta en una orgía extrema. La hizo suya. Los desagües del baño se retorcieron. Temí que alguien nos oyese y me senté haciendo presión con la espalda en la puerta evitando visitas no deseadas. Su voz se volvió cavernosa:

—Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn —adiviné que decía. La frase que tanto habíamos ensayado. 

Se levantó, caminó hacia atrás unos pasos y el cuerpo de la Secretaria de Dirección se elevó unos palmos del suelo. Casi vomité del susto. Sus brazos se rompieron en una geometría imposible. Y sus piernas. El cuello se quebró en dos y se dio la vuelta. Y sus ojos de bicho muerto nos miraron desde una profundidad remota. Notaba el poder, la puerta que se abría delante de nuestras narices. Insondable. Caótica. El espejo del lavabo se transformó en un enorme agujero negro, la Verdad latía. Y La Bestia se hizo carne. Salió de ese agujero infinito que había al otro lado del espejo y mostró su rostro deforme, decenas de heridas supuraban. Se acercó a mi compañero. La Bestia abrió su boca gigantesca delante de su pecho y él recibió su aliento. Luego, el monstruo lo absorbió. Las paredes temblaron y la mujer se consumió en llamas. Notaba cómo mi alma era atraída sin remedio por el hilo de lo invisible hacia esa deformidad innombrable. Sucedió rápido. El ser se bebió el alma de mi compañero. Su cuerpo cayó al piso. Y yo, después de ser tirado de las tripas por su voluntad oscura, me hundí en la terrible inconsciencia. Lo recuerdo. Lo puedo contar ahora que estoy en esta cama recuperándome del incidente.

La gente del curro me encontró horas después allí, tumbado en el suelo del lavabo de la tercera planta. A mi alrededor no había nadie. Ni mi querido compañero ni la Secretaria. Cero. Habían desaparecido. La encargada de prevención de riesgos laborales estuvo interrogándome un buen rato. Supongo que se temía una baja. Que cómo fue, que si estaba bien, que si había tomado algo en mal estado…

—¿Una barrita energética de la máquina, quizás? ¿Una Monster caducada? ¿Tenemos que denunciar al proveedor? —me preguntaba.

Como si no supiera ella que jamás había pedido una baja. Y que esta vez tampoco lo iba a hacer. El trabajo es orden en mi vida.

—Te estás haciendo mayor, mírate —me dijo mi jefe al volver a mi sitio—. ¿Qué haces en esa silla? —me recriminó—. ¿No te acuerdas de cuál es tu ordenador? —insistía señalando la zona de mi compañero.

Fue en ese momento cuando me fijé en mis manos. Arrugadas por el tiempo. De mi anillo de casado. De la jugarreta de la que había sido presa. De cómo él se había marchado y yo había sido trasladado a su receptáculo carnal. De la desaparición de mi antigua armadura física. Y acabé la jornada en el asiento de mi amigo, que ahora era el mío. Él había conseguido traspasar el plano en el que nos situamos. Él había accedido a la ignota Kadath gracias a la llave de plata. La ciudad desconocida. En la que comienza y acaba todo, de donde regresarán en llamas los Antiguos Dioses, majestuosos. Y zanjaba mis registros contables mientras divagaba con la traición de mi compañero. ¿Cómo estaba al tanto de que la última víctima era la puerta final? ¿Cómo pueden cambiar las personas de elección tan rápido? Traicionarme a mí y a su esposa. Al menos, no habían encontrado los cadáveres, pensaba al cerrar el ordenador y marcar el fichaje de salida. Cogí la bolsa de mi colega y estuve meditando un buen rato qué hacer. Oí a mi jefe cuchichearle a sus superiores algo sobre el Director Financiero, rumores y presunciones. No tenían nada. Busqué las llaves del coche de mi amigo en su maletín, que ya eran mis llaves. Fui a su casa, que era mi nueva casa. Al llegar, besé a mi mujer. Abracé a mis niños. Evité al perro, que con su olfato había adivinado que no era su amo. En algún momento eché de menos mi piso de soltero, pero entendí que ese era el camino que me había marcado el Antiguo.

Y debo reflexionar en lo de ser un buen padre de familia. No poseo ni mi cuerpo ni el tiempo de vida que tenía antes. Soy contable sénior, estoy atrapado en la noche. Cobro algo más, aunque mis gastos se han multiplicado. Tengo una preciosa familia, colesterol y algo de asma. Me recupero de los desvanecimientos que he tenido tras el incidente en una cama con sábanas limpias y olor a suavizante exótico. No se puede pedir más. Mi esposa me trae la comida. Mis niños son la alegría de vivir. El jardín está repleto de flores. Sí, sé que debo esperar. Que me han marcado el camino de baldosas amarillas y conseguiré el acceso a Kadath. Nada es coincidencia. Solo debo encontrar el momento y dar el gran paso. Recuperarme. Volver al trabajo. Ser un tipo normal. Entonces practicar el sacrificio. Meditado. Responsable. Primero va ese perro asqueroso que se empeña en vigilarme desde los pies de la cama. Después mi mujer y mis hijos. Estoy seguro de que ese es el orden de la llave para abrir, por fin, mi puerta.



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