En su columna habitual Fábulas con libro, publicada en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón (7 de febrero de 2026), el bibliófilo y escritor José Luis Melero dedica un emotivo texto a la memoria de Antonio Fernández Molina.
Bajo el título «Añoranza de Antonio Fernández Molina», Melero reflexiona sobre la figura del «artista radical» y "creador infatigable" cuando se cumple el vigésimo aniversario de su fallecimiento. El artículo destaca la labor de recuperación de su obra que lleva a cabo Libros del Innombrable, mencionando explícitamente la publicación de su narrativa breve reunida, Épocas de grandes lluvias. Melero recuerda con especial cariño que este volumen cuenta con un prólogo de José Luis Calvo Carilla, profesor oscense recientemente fallecido, convirtiéndose así en el último de sus trabajos.
El texto de Melero es un reconocimiento al «poderío intelectual» de Molina, repasando su trayectoria desde la fundación de la revista Doña Endrina hasta su paso por Papeles de Son Armadans junto a Cela, y lamentando no haber frecuentado más a quien define como un «animal literario».
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Añoranza de Antonio Fernández Molina
FÁBULAS CON LIBRO / JOSÉ LUIS MELERO
El año pasado se cumplieron 20 años de la muerte de Antonio Fernández Molina, y su amigo y editor de siempre, Raúl Herrero, lo recordó editando en los Libros del Innombrable su narrativa breve reunida, a la que tituló Épocas de grandes lluvias, con prólogo de José Luis Calvo Carilla. Esta sería el último de sus trabajos que vería publicado el profesor y ensayista de Huesca, que iba a morir el pasado ocho de enero, muy pocos días después de la presentación de ese libro en la librería Antígona.
Albergo muchas veces un cierto sentimiento de culpa hacia Antonio Fernández Molina. No por cómo lo traté, pues siempre nos llevamos bien y mantuvimos una relación cordial y amistosa, sino por no haberlo frecuentado más de lo que lo hice, por no haber sabido ser para él algo parecido a lo que fue Raúl Herrero: si no un discípulo —que mi mundo y muchos de mis intereses andaban lejos de los suyos—, sí al menos alguien que hubiera podido aprehender y disfrutar de muchos de sus anhelos, vivencias e inquietudes literarias y artísticas. No supe o no quise ahondar en el trato y me perdí muchas cosas de él, de lo que hoy me arrepiento.
Ciertamente, y por ser rigurosos con la historia, Antonio no siempre lo puso fácil, pues fue hombre orgulloso, inteligente y bizarro aunque con alguna propensión al narcisismo, y en Aragón ya se sabe que sobrellevamos con dificultad las vanidades ajenas (en las propias muchas veces no reparamos); pero debí haber sabido pasar por alto esos supuestos excesos para no perderme nada de su enorme poderío intelectual. A Antonio, además, todo debía disculpársele, pues supo sobrevivir con decoro y elegancia y sacar a su numerosa familia adelante dedicándose exclusivamente a la creación (fue un creador infatigable que llevó a su obra la misma libertad con que vivió su vida diaria y mantuvo siempre una actitud de artista radical), algo dificilísimo como no hace falta explicar y que solo está al alcance de aquellos que tienen sobradas cualidades, determinación y fortaleza absolutas y una enorme fe en su propia valía. Jamás pidió nada a nadie más alejado que él de bohemios y sablistas y solo trabajó denodadamente.
Antonio Fernández Molina tenía en verdad un recorrido ejemplar. Venía de fundar la revista Doña Endrina en 1951, que duraría hasta 1956 y en la que colaboraron todos los poetas postpistas y por supuesto, nuestro Miguel Labordeta; y venía del postismo inicial de Chicharro, Ory, Silvano Sernesi, Nieva… y del postpostismo o postismo de segunda hora, con Crespo, Gabino Alejandro Carriedo, Gloria Fuertes, Beneyto, Jesús Juan Garcés, Félix Casanova de Ayala, Federico Muelas o aquel raro sacerdote, Carlos de la Rica, que en la localidad conquense de Carboneras de Guadazaón publicaba la colección El Toro de Barro, en la que editó a Manuel Pinillos y a Ángel Guinda. Todos habían bebido de Valle Inclán y del esperpento, de las greguerías de Gómez de la Serna, del realismo mágico de Bontempelli, de las vanguardias y del humor absurdo de Tono, Miguel Mihura, Jardiel Poncela y La Codorniz.
Antonio venía también del Movimiento Pánico, de Alejandro Jodorowsky, Roland Topor, Arrabal… que a su vez procedían de Antonin Artaud, del surrealismo, de Marcel Duchamp…; y de los patafísicos de París: Alfred Jarry (de quien Raúl Herrero editó Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico, la obra clásica de esta corriente filosófico-artística que cautivó a Duchamp o a Dalí), el propio Fernando Arrabal… y de Raymond Queneau, Ionesco, Boris Vian, Genet y Jacques Prévert (aquel de Las hojas muertas, que cantó Yves Montand). Hasta ingresó Antonio en el Colegio de Patafísica de París, esa sociedad de ciencias imaginarias y estudios eruditos e inútiles creada como divertimento para burlarse de los colegios profesionales o las academias de las artes y las letras, y a la que pertenecieron, entre otros muchos, artistas tan celebrados como Max Ernst, Joan Miró, Man Ray… o incluso los hermanos Marx.
Y venía de ser secretario de Camilo José Cela (que también había jugueteado con los patafísicos) en Papeles de Son Armadans, la legendaria revista literaria que el escritor gallego había fundado en Palma de Mallorca. Antonio acabaría en Zaragoza gracias a los Labordeta, que se lo trajeron para que le ayudara a Miguel en su revista Despacho Literario, de la Oficina Poética Internacional, que solo llegaría a publicar cuatro números entre 1960 y 1963 (hay edición facsímil, con estudio introductorio de José-Carlos Mainer, publicada por la DGA en 1990).
Todo ese bagaje intelectual atesoraba Fernández Molina, y aquí (con las excepciones de algunos de sus fieles como Raúl Herrero y Alejandro Ratia) apenas se supo apreciar. Herrero le creó la revista Almunia (1998-2003), pero nunca acabó de integrarse del todo en el tejido cultural aragonés (en el que tuvo sin embargo buenos amigos y protectores como José Antonio Labordeta, Eloy Fernández Clemente o Vicente Martínez Tejero), pese a que podría haber sido uno de sus grandes referentes.
Tengo colgados en casa algunos cuadros y dibujos suyos, por lo que lo recuerdo todos los días. Y también lo leí mucho. Me queda ese consuelo. Acabo de mirar mi fichero y he comprobado que tengo leídos treinta libros suyos, entre poesía, narrativa (microrrelatos, cuentos y novelas como Solo de trompeta, Un caracol en la cocina, El león recién salido de la peluquería y Rin-Tin-Tin cruzando los Alpes), ensayos, libros sobre arte…
En la colección Poemas de Luciano Gracia, de la que fui secretario de dirección, aparecieron dos libros suyos: Poemas en la aldea y El cuello cercenado, ambos en 1977, cuando yo solo tenía 20 años, y dos años más tarde la editorial Torre Nueva de Isaías Moraga le editó La flauta de hueso, con prólogo de Gabino-Alejandro Carriedo. Pero de Carriedo igual hablamos otro día.

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