Así comienza… Épocas de grandes lluvias, de Antonio Fernández Molina

 



Prólogo

(Fragmento)

José Luis Calvo Carilla


Antonio Fernández Molina o el mundo como posibilidad

Es posible que, como sentenció Milan Kundera, la génesis de todo contador de historias pueda resumirse en la historia de una conversión. Más pronto o más tarde, Saulo termina convirtiéndose en Pablo y todo narrador nace sobre las ruinas de su mundo lírico. Tal generalización parece convenir plenamente a Antonio Fernández Molina (1927-2005), aunque el llorado escritor manchego afincado en Zaragoza no abandonaría la poesía en ningún momento de su trayectoria. Antes bien, esta representó hasta el final de sus días la razón de ser de su actividad literaria. Y hasta tal punto fue así, que la actitud lírica constituye el sustrato primordial de las distintas vertientes de su obra: desde la materia extensa de sus novelas y de sus ensayos, a la más breve de sus microrrelatos y de sus textos teatrales y cinematográficos de imposible realización y a la infinitesimal de sus numerosos «musgos» (apuntes, pensamientos y flashes líricos capaces de colonizar de forma imprevisible incluso el más incómodo espacio en blanco de cualquier papel volandero).

El escritor que encontraba la inspiración sin buscarla 

En todas las variadas facetas de su actividad creadora, Antonio encontró siempre su inspiración en la realidad que le rodeaba. Tras las huellas de Picasso, nunca la buscó ni se detuvo a establecer condiciones previas para asimilar la naturaleza de lo hallado. Le bastó tan solo con mirar y, como le recomendaba el florentino Papini a Giorgio De Chirico, con adoptar la actitud mental de un niño para disfrutar cada día de la sensación de descubrir el universo de nuevo. No otra cosa experimentará el héroe de su novela Pasodoble del enigmático: Observar los escaparates, las puertas, los faroles… «como si los viera por primera vez». La mirada del narrador es la misma que la del poeta o la del autor de textos cinematográficos y piezas teatrales «sumergidas». Por mediación de ella, Antonio se proponía compartir con el lector el mismo redescubrimiento sorpresivo de la realidad habitual, la misma dosis de sobreexperiencia lírica acerca de las realidades cotidianas.

Sería tarea compleja la de realizar siquiera unas breves catas en la génesis de esa estética moliniana, situada siempre en el horizonte imaginario donde realidad e irrealidad confunden sus límites. De modo espontáneo, el futuro escritor desarrolló en el entorno familiar en que vivía una hiperreceptividad cognitiva homologable a la de un estado de duermevela o al alucinatorio discurrir de las imágenes de una película. Baste apuntar que esta poética había surgido de modo casi innato ante el hipnotismo que le producía el progresivo descubrimiento del entorno rural que le rodeaba. La vida cotidiana de la aldea aparecía ante la sorprendida mirada de niño como una inagotable fuente de realidades cambiantes, cuya naturaleza misteriosa revelaba cada día nuevas parcelas por descubrir.

De aquellas experiencias del mundo rural extraería las primeras «lecciones de las cosas», las cuales Luis Mateo Díez reconoció como el patrimonio imaginario de la infancia. Antonio las seguiría recordando en el futuro, frecuentemente descontextualizadas de su medio y de su sentido originarios. Más tarde descubrió la literatura en los clásicos escolares que la maestra hacía recitar a sus alumnos, pero también en los libros de aventuras de narradores imaginativos como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Louis Stevenson, Herman Melville o Jules Verne, quienes, sin salir de su tierra manchega, le transportaron a islas desiertas, tesoros ocultos y deslumbrantes inmensidades marinas, realidades todas ellas a las que Antonio buscó infructuosamente en los anodinos paisajes provincianos y rurales de la Guadalajara de posguerra.

Fue esa búsqueda imposible la que impulsó al joven aprendiz de escritor a emborronar sus primeras cuartillas. Con el tiempo enfrenaría la cruda inmediatez del rapto romántico de su inspiración y descubriría modos de deflagración creadora más complejos y dinámicos, como lo eran las iluminaciones de Rimbaud, las alucinaciones de Des Esseintes, el instantaneísmo cubo-creacionista o el vértigo del irracionalismo bretoniano. 

Su espíritu indagatorio le condujo a cursar estudios de magisterio y veterinaria y a matricularse en la Escuela de Cinematografía. Si el estudio del mundo animal suponía acceder a los secretos de la fauna doméstica con la que se había familiarizado en la aldea, el cine enriqueció de modo fulminante el mundo intelectual fernándezmoliniano. El séptimo arte le proporcionó una nueva forma de mirar y de profundizar en los entresijos de los objetos cotidianos para desentrañar en ellos los resortes misteriosos que los animan. Era hurgar en el mecanismo secreto de una muñeca articulada o extraer la suculenta carne de un gasterópodo. (Como Ramón Gómez de la Serna, Antonio también fue un exquisito «devorador de caracoles»). […]


La tienda ausente

La tienda ausente se publicó en Comunicación Literaria de Autores, en Bilbao, en 1967. Como será costumbre en nuestra edición, suprimimos los textos repetidos, es decir, los que el autor incorporó con posterioridad a otras compilaciones, dando prioridad a las últimas versiones que dejó de los mismos.


Desviaciones y recuerdos

Aquel invierno, los días empezaron a disminuir como siempre que llegaba esa época del año. Pero lo singular fue que, al alcanzar un punto determinado (aunque al principio no nos dimos cuenta), paradójicamente y contra todas las prevenciones, el tiempo se aclaró (hizo calor y molestaba la ropa de invierno, que nos apresuramos a guardar entre naftalina por temor a la polilla; estábamos desacertados en nuestras deducciones y reaccionábamos con espíritu infantil), pero pronto volvieron los rigores del invierno, si cabe, con mayores molestias de lo acostumbrado (no lo podemos determinar porque no se utilizaban los termómetros para ver la temperatura y de ello parece ser que hace algún tiempo) y volvimos a sacar los trapos de los baúles. No fue eso solo. Al principio lo achacábamos a las nieblas, pero pronto comprobamos que lo que parecía insólito no dejaba de ser menos real. En efecto, los días disminuían y cada vez las noches eran más largas. A veces nos perdíamos días y días en una sensación de monotonía y parecía que todo seguía igual, no en un invierno prolongado por el espacio en que el día reinaba y porque, a veces, aparecía el sol (eso dependía del estado de la atmósfera); la vegetación seguía su curso natural y las plantas florecían y los pajarillos ponían huevos y cantaban. (Recuerdo un verano en que aún asistíamos a las faenas de la recolección. El día era muy breve si se le comparaba con aquellos de otros tiempos que daban lugar a hacer jornadas dobles. Sin embargo, la cosecha se recogió, como si se hubiesen duplicado las fuerzas o como si ese esfuerzo fuese un empleo definitivo que nos había de valer… y además…). Y, además, el día sigue disminuyendo. Está comprobado. Entre el amanecer y el anochecer no transcurre más tiempo del que va desde que se enciende hasta que se apaga la desesperación. Gozamos de crepúsculos muy prolongados y apacibles que favorecen toda clase de expansiones. Claro que las costumbres han cambiado y, fuera del consabido paseo, se han suprimido otras muchas en nuestra sociedad. Sobre todo, aquella del visiteo, aunque a veces parecen renacer nuevamente y volvemos a ellas con más interés. Es raro que estas renovaciones nos produzcan un gran placer. La oscuridad… Bien. Esto también hay que decirlo. No hay una sola noche en que no aparezca la luna. Es completamente redonda y si no está toda la noche en el cielo es porque alguna nube se interpone; es consoladora la luz que de ella cae sobre nuestro terreno y que nos salva de que no se pierdan totalmente las cosechas. ¿Qué nos esperaría si no? 

Puede ser que inventásemos nuevos recursos. Eso se quedaría para los más jóvenes. Aunque es de esperar que alguna guerra o un descubrimiento científico corrija esta desviación de las cosas. 

Paralela

El pueblo estaba más sucio que de ordinario. Tenía un olor penetrante a alpargatas almacenadas que iba derivando hasta el de la basura recién removida. Era un día de finales de primavera, ya muy cercano al verano. En algunas casas se oían, mientras trabajaban, las canciones de las cuadrillas de esquiladores. Las cebadas estaban casi a punto para segarlas. La atmósfera era pesada y el sol permanecía oculto entre un nublado espeso, de poca altura. Alguna vez el sol se colaba entre el nublado y caía sobre el suelo un calor fuerte, irritante.

Aquella tarde se preveía, de un momento a otro, la lluvia, como sucedió.

Comenzó a llover sin prisa y se prolongó toda la tarde. Los que trabajaban en el campo volvieron a sus casas y se encerraron en ellas muy temprano. Los que se habían mojado más se asomaban a la puerta de la calle con la ropa limpia, como si se hubiera improvisado una fiesta. Seguía lloviendo y nadie se decidía a salir de su casa para ir hasta la taberna, acaso porque pensaban que era pronto para empezar a divertirse y consideraban que eso iba a representar un gasto extraordinario. Las mujeres se movían nerviosas por la casa, haciendo numerosas entradas y salidas a la cocina, como si estuviesen atareadas. No se encontraban a gusto con la súbita llegada de los hombres a una hora que no era la de costumbre y se sentían avergonzadas de sentarse, tranquilas, a repasar la ropa. La mayor parte de las mujeres hubieran dado algo por encontrar una tarea urgente, de más bulto, para ocuparse en ella inmediatamente.

Nadie hablaba de la siembra, pero todos sentían el temor de que se malograse la cosecha. Sin embargo, la lluvia caía con tranquilidad y se había levantado un fresco que no era del tiempo. Parecía que había llegado el otoño.

Pero, aunque aquel día de junio estuviese extraño, la tarde era muy larga y eso no podía ser ilusión únicamente.


Las vacaciones

Se levantaba con la impresión de que el día le frustraba la posibilidad de alguna misión importante. Los proyectos los había madurado la noche pasada, como todas las anteriores. Y buscaba así la justificación del día que se le iba de entre las manos. Porque los días eran desoladores. Un cielo bajo y un aire casi amarillo presidían la vulgaridad de las cosas que aparecían gastadas, sin categoría, ofreciendo sus vísceras y el polvo de su miseria. Y aquel no estar nada a punto, las breves dilaciones para la tarea más insignificante, que desolaban al entusiasmo, y otras tareas subsidiarias que distraían la atención de lo principal y la entregaban en los últimos minutos del día, ya borrados, sin vigor y sin iluminación. Además, el tiempo corría. No se quedaba parado un instante contemplando cómo un acto se forjaba dentro de él, sino que se le adelantaba y le daba la apariencia de un traje, inflado por el viento, que cae sin vida sobre el suelo.

Y la noche llegaba sin que le diese tiempo, se puede decir, nada más que para peinarse y leer los titulares del periódico. En limpio cero. Ni siquiera había encontrado ese momento propicio para acercarse a la tienda a comprar unos cordones para sus botas. Mejor dicho, fue una vez, pero los almanaques recientes le sumieron en la oscuridad y el aburrimiento y había vuelto, con el olvido, a su casa.

Así transcurrían los días de las vacaciones. Más sucio a cada instante y más atareado y mordido por el pesar de las tareas propuestas, alegres y entretenidas, para esas vacaciones, que estaban empezadas, pero que no avanzaban nada. 

Había ido a pasar esos días a una aldea minada por todos los inconvenientes. Y, sumido en el sopor, se acercaba a la condición casi racional de sus habitantes, perdidos en esos pormenores que tienen la costumbre de acomodarse al gruñido de una puerta, como el clavo impertinente al que no ha necesitado adaptarse porque siempre se le ha conocido así.

Cuando llegó Juan y le presentaron a alguno de los naturales, los que tenían más mundo y sentían cierto orgullo porque no huían de sus semejantes, le habían dicho, dándole unas palmaditas en el hombro: «Aquí hay buena gente y, sin etiqueta, lo pasarás bien entre nosotros. Todos somos uno».

La luz de los candiles oscilaba. Caían gotas de aceite sobre el suelo del que brotaba un frío pegajoso y húmedo. Se sentía ridículo con su traje de paño de corte relativamente moderno y sus manos esqueléticas.

Épocas de grandes lluvias (Narrativa breve reunida y algo más) I  Antonio Fernández Molina  I Edición de Raúl Herrero I Prólogo de José Luis Calvo Carilla I Dibujos de Isabel Fernández Echeverría  I Collage de María Elena Fernández Echeverría I  Narrativa I  ISBN: 978-84-17231-61-3 I Thema: FYB – FB I 135 x 200 mm I 325 págs.


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